sábado, 24 de abril de 2010

TQM



-¿Todavía me quieres?
-Un poco.

-¡Te quiero!
-Más te vale.

Siempre que le demostraba cariño, él se hacía el loco y yo me fui acostumbrando a su manera de ser. Sus gestos y atenciones hacían obvio que me quería de cierta forma, pero nunca logré que me lo dijera directamente. Nos hicimos buenos amigos. A veces era él; a veces era yo, pero casi a diario nos buscábamos para consultarnos cualquier cosa. Yo vivía feliz de tenerlo en mi vida. Se fue convirtiendo en la luz de mis ojos. Jamás le confesé que me gustaba. Me guardé el secreto de mi atracción por él y me dediqué a cultivar las más bella amistad. Llegué a quererle más de lo que las palabras puedan decir, y lo respetaba y admiraba por la manera en que defendía las cosas en las que creía. Lo mío no era amor hacia el hombre; era más bien un entrañable cariño hacia alguien con quien mantenía una relación perfecta. La atracción estaba ahí, pero no definía mis sentimientos hacia él.

Sentía que me trataba como una reina y a veces hasta nos enfrascábamos en juegos, y aunque yo sabía que solo era de broma, me zafaba oportunamente, pues no deseaba encontrarme de repente luchando contra ilusiones vanas. Nuestra relación fue una muy sana y de gran respeto. A él le divertía llamarme de todas las formas, excepto por mi nombre… yo también lo hacía con él, con infinito cariño.

-Ya me voy, sapo.
-Ande a dormir, agüela.

Constantemente me sentía mimada y muy apegada a él, hasta que un día se molestó conmigo y me llamó la atención. Desde entonces comenzamos a distanciarnos. Lloré hasta quedarme sin lágrimas. Sabía que una relación como la que tenía con él no la volvería a vivir ni volviendo a nacer.

Buscando consuelo, me dediqué a releer todos los escritos que alguna vez habíamos intercambiado. Reparé en uno de los últimos. Aún hoy desconozco la razón por la que nunca llegué a leerlo completo cuando lo recibí. Fue en ese instante en el que me percaté de que por primera y única vez lo había dejado impreso. Por fin lo había confesado, pero yo lo supe demasiado tarde. Al final del mensaje, muy discretamente, como despedida con letras mayúsculas, había escrito un TQM…

A pesar de lo intransigente que era con los demás, conmigo hizo concesiones. Pero yo nunca me detuve a pensar que él también estaba dolido; jamás me puse en su lugar. Lo comprendí en las últimas frases que me dijo antes de desaparecer definitivamente. Hay heridas que nunca sanan…


REMR
11/marzo/2010

1 comentario:

carlos de la parra dijo...

Si hacemos el esfuerzo por pensar que lo que sienten lós demás es igual o más válido de lo que sentimos nosotros, y les brindamos más paciencia a quienes percibimos cómo difíciles de sufrir o soportar, habremos avanzado.
Ésto no implica que no debamos de sacar de nuestras vidas a personas nefastas.