miércoles, 18 de febrero de 2009

ENTRE DOS


Aquella tarde de viernes, a la salida del colegio, Diana caminaba totalmente ajena a lo que estaba por sucederle. Jorge, su mejor amigo, había dado muestras de interés en ella, y a decir verdad él tampoco le era indiferente, pero jamás se le ocurrió pensar en tener una relación seria con él.

Sin embargo, ese no fue impedimento para que se dejara seducir tontamente luego de haber compartido con él unos tragos bajo las gradas del parque, muy cerca de donde entrenaban los otros chicos. Para ella todo era nuevo; los besos, las caricias, el cuerpo masculino desnudo. En medio de todo se convencía de que si tenía que perder la virginidad, era mejor que fuera con él. Tenía la sensación de que para él también había sido la primera vez. A pesar de aquello, siguieron siendo buenos amigos. Tiempo después sus vidas tomaron otros rumbos y ya no supo más de él.

Era inevitable evocar aquellos recuerdos al encontrárselo nuevamente. Pero ya no eran unos adolescentes, ahora rondaban los treinta. Jorge le contó que hacía un par de semanas que estaba de vuelta en la ciudad y que contemplaba seriamente la posibilidad de regresarse a vivir allí. Ella también le contó de su vida y de sus penas de amor.

Estaba locamente enamorada de un compañero de trabajo. Tenía la corazonada de que él también sentía algo por ella, pero no se decidía a confesárselo. Se le ocurrió que podía provocarle celos con Jorge, y así hacerlo reaccionar de una vez. Quedaron en verse al otro día para ir a comer. Jorge pasaría por ella a la oficina. Era una buena oportunidad para que Flavio los viera juntos.

Todo se llevó a cabo tal como Diana lo había planificado. Cuando Jorge la llamó para avisarle que estaba afuera esperándola, ella le pidió que subiera. Lo esperó frente al ascensor y lo condujo a su oficina. En aquel momento Flavio había salido a buscar unos expedientes, por lo que ésta se entretuvo en otras cosas dándole tiempo a que regresara.

Cuando vio que Flavio se aproximaba por el pasillo, sin decir palabra, Diana se abalanzó sobre Jorge y le estampó un beso que aparentaba ser muy apasionado.
–Pero, ¿qué diablos es esto?- exclamó Flavio mientras se paraba en seco al encontrarse con la escena, visiblemente molesto.
Jorge se sobresaltó. Flavio dio la media vuelta y se retiró todavía molesto, mientras Diana cantaba victoria.
-¿Porqué hiciste eso?- preguntó Jorge estupefacto. Con una risita traviesa Diana murmuró, -¡Está celoso!
Al ver que Jorge intentaba ir tras Flavio, lo sujetó del brazo.
-Quédate tranquilo, ¡no pasa nada!-, insistió Diana.
Él se volvió, la sujetó fuertemente de los hombros, y mientras la zarandeaba le gritó, -¡Esto no se puede quedar así! ¡Flavio es mi pareja!-, y salió a toda prisa tras él, dejando a Diana boquiabierta.

TRAICIÓN


“Ahora ya no te importa verme en otros brazos. Ya no sientes aquellas sensaciones que te carcomían por dentro. Me atrevería a decir que hasta te da igual. ¡Maldita sea mi suerte! Hace mucho que dejé de ser novedad para ti. A veces, observándote de lejos, recuerdo nuestro primer encuentro. Lo tuyo conmigo fue amor a primera vista. Tus ojos se posaron en mí y ya no pudiste apartarlos. Se reflejaba en ellos el brillo del amor. Te provocaba una pasión intensa, desenfrenada.

Hiciste hasta lo imposible por tenerme a tu lado. Y cuando al fin lo conseguiste, me mostrabas como un trofeo. Tus amigos se morían de envidia y de celos por tu suerte, y yo me sentía feliz de provocar en ti aquel desmedido orgullo.

Tus padres empezaron a preocuparse. Comenzaste a descuidar tus estudios por pasar más tiempo conmigo. Vieron nuestra relación como una amenaza a tu futuro. Intentaron separarnos, pero tú no lo permitiste. Retomaste tus estudios con mayor ahínco. No estabas dispuesto a perderme. Conservo gratos recuerdos de aquellos días…

Sin embargo, creo recordar lo que marcó el principio del fin en nuestra relación. Aquel día de verano habíamos salido a divertirnos sin siquiera imaginar lo que el destino nos tenía deparado. El campo estaba precioso. El canto de las aves se escuchaba por doquier y el sol nos bañaba con sus tibios rayos. Te empeñaste en observar el paisaje desde aquella montaña. Tu mano me sujetaba fuerte mientras ascendíamos a la cima, pero un resbalón hizo que accidentalmente me soltaras y yo rodé pendiente abajo sin detenerme hasta el final. ¡Oh, desgracia! De milagro me salvé, pero tantos golpes en la caída me dejaron marcas que se quedaron para siempre, destruyendo aquella perfección que tanto amabas en mí.

Desde entonces comenzaste a mirarme con otros ojos, a buscarme con menos frecuencia. Empezaste a alternar más con tus amigos o te excusabas diciendo que no tenías tiempo, que tenías otras obligaciones, nuevas responsabilidades. Ya no te divertías conmigo. Dejé de ser una prioridad para ti. Paulatinamente me fuiste relegando de tu vida. Y hoy que siento este abandono tuyo como una pesada carga, aquí te espero fiel, porque sé que volverás. Me lo debes…”.

El sonido de llaves en la puerta interrumpió su amarga reflexión. Él había llegado. Colocó el portafolios y una bolsa de compras sobre un mueble y siguió hacia la barra mientras se quitaba la chaqueta. Se sirvió un trago y le dirigió una rápida mirada. Se le acercó y tocó sus formas como no lo había hecho en mucho tiempo. En la mirada perdida de Ignacio se podía adivinar que rememoraba momentos arrebatadoramente gratos. Por un minuto pareció que revivía el amor. De pronto le soltó y fue por la caja.

Los ojos de Ignacio brillaban como el día en que le miró por primera vez a través del escaparte de aquella tienda. De la caja emergió un costoso y reluciente auto a escala de un Bugatti EB 16.4 Veyron. Entonces tomó al viejo y magullado modelo Ford Mustang del 67, su eterno compañero de juegos de la infancia, y lo sustituyó por aquel otro –de estilizadas líneas e intacta belleza- en el estante de la sala de su nuevo y lujoso apartamento.

jueves, 11 de diciembre de 2008

UN DÍA COMPLICADO


Apagó el despertador de un manotazo, se dio la vuelta, se enroscó bajo la manta y se volvió a dormir. Al despertar se estiró perezoso mientras bostezaba, como quien no tiene prisa por levantarse. De pronto fue golpeado por la realidad.
¡Diablos, es lunes! Miró el reloj. ¡Maldición, ya estoy tarde! Los tragos y la trasnochada habían hecho su efecto. Solo a él se le ocurría irse de farra con los amigos un domingo.

Como era su costumbre, encendió el televisor mientras se preparaba para salir. Cuando se ponía los calcetines, hizo su aparición en la pantalla un hombre vestido con una capa brillante. Se trataba del astrólogo. Él no creía en esas cosas, pero le divertía escuchar su horóscopo para luego mofarse de los desaciertos. Pensaba que quienes se dedicaban a eso eran una partida de charlatanes.
–¡Escorpio! Te espera un día complicado, Escorpio, pero tu astucia te sacará de apuros. Espera lo inesperado. Tu número de suerte es…

Apagó la tele y salió a toda prisa de la casa. El tráfico a esa hora era insoportable y ya tenía varias tardanzas este mes. Por el camino iba pensando en alguna excusa que no hubiera utilizado hasta ahora. Ya había enfermado parientes, había descompuesto el auto y unas cuantas cosas más. Al final se decidió por algo simple y común que le podía servir. Al llegar al estacionamiento se enrolló las mangas y sin que nadie lo viera, pasó las manos por uno de los neumáticos. De camino al elevador se topó con el jefe que, sin siquiera saludar, le preguntó la razón de su nueva tardanza. Mostrándole las manos sucias le contó que se le había desinflado un neumático y había tenido que detenerse a cambiarlo. Siguió hacia la máquina que evidenciaría su hora de llegada, introdujo el dedo y siguió hacia el baño a lavarse las manos. –Estúpido viejo –se refirió a su jefe mientras se restregaba las manos con jabón–, qué le importa lo que me haya pasado. Al final el tiempo que estuve ausente no me lo va a pagar…

Se dirigió a su oficina a comenzar el día de trabajo. Tan pronto puso el pie en ella, Álvarez asomó la nariz pidiéndole el informe que debió haber dejado listo antes de irse de fin de semana. –El informe, eeeh –se puso a rebuscar mentalmente una excusa creíble para dar–. ¿Qué cree, Álvarez? El viernes, cuando me disponía a imprimirlo, de pronto el ordenador se apagó y ya no quiso volver a encender. Pero no se preocupe, que ahora mismo llamo al técnico para que la repare y en un momento imprimo y le paso el informe.
Álvarez le echó una mirada de desconfianza y le aclaró que lo quería de inmediato en su escritorio. Tan pronto se cerró la puerta, Martínez se dispuso a encender el ordenador. Irónicamente la máquina se negó a encender. Tuvo que llamar al técnico para que la reparara. Después se puso a crear el informe. Mientras lo hacía, recibió varias llamadas de Álvarez pidiéndole que se diera prisa.

El día no mejoraba. Recordaba el viejo dicho de que “lo que mal empieza, mal acaba”. Solo deseaba que el tiempo pasara volando. Tuvo que tomar un par de aspirinas para el dolor de cabeza que la tensión le había generado. A la hora del almuerzo se encontró con González en el recibidor. Habían quedado en ir juntos a comer. Cuando se disponían a abordar el auto de Martínez, se dieron cuenta de que tenía un neumático desinflado. Otro nuevo tropiezo en el día de Matínez. Entre ambos se pusieron a cambiarlo, pero cuando terminaron ya era tarde para salir fuera, así que decidieron ir a la cafetería de la empresa. Mientras comían, González le echaba el ojo a una guapa mujer sentada en la mesa de enfrente. Ella lo miraba sonriente al parecer aprobando sus coqueteos. Cuando se disponían a irse, González se detuvo a charlar con ella. Se presentaron y comenzaron a platicar sobre varios temas. Martínez se sentía algo incómodo pero se entretenía saludando a cuantos pasaban a su alrededor mientras su amigo seguía enfrascado en sus galanteos con la chica. De pronto González se dirigió a él.
–¿Verdad, Martínez?
–¿Eh? –preguntó este distraído.
–¿Verdad que tengo un auto deportivo del año? –González quiso impresionar a la chica.
“¿Pero qué dice este loco? ¡Si su auto está más destartalado que el mío!” Pensaba Martínez estupefacto. “¿Y cómo se le ocurre meterme en este lío?”
–Errrrrr… ¡Sí, sí! –y tomándolo del brazo le recordó que se hacía tarde. González miró la hora y asintió. Intercambiaron números celulares él y la chica y se despidieron.
–¿Cómo se te ocurre mentir así, loco?
González se limitó a soltar una carcajada y siguió caminando.

De vuelta en la oficina, Martínez continuó con su trabajo. Su concentración fue interrumpida esta vez por el sonido de su teléfono celular. Conocía muy bien aquel número. Se trataba del cobrador de la compañía financiera a la que había tomado dinero prestado. Se había atrasado en el pago. No estaba de humor para dar excusas, pero decidió contestar porque sabía que aquel individuo era capaz de presentarse a la oficina si no lo hacía.
–¿Diga?
–Señor Martínez, buenas tardes. Le habla Javier Linares, oficial de cobro de Torres & Torres, Grupo Financiero.
–Sí, ya sé –lo interrumpió.
–Le estoy llamando para recordarle que ha vencido el pago de este mes.
–Sí, disculpe. Sé que debí llamar antes y avisar, pero todo se ha debido a que hace poco estuve enfermo y tuve gastos imprevistos de hospital y medicinas. En este momento no tengo un peso, pero le aseguro que recibirá el pago en la próxima quincena.
Tanto como sin un peso no estaba. Al pagar el almuerzo en la cafetería había contado y guardado con sumo cuidado los cuatro billetes de veinte dólares que le quedaban para los gastos del resto de la semana.
El día no mejoró. Lo único bueno que ocurrió fue la llegada de la hora de salida. Por fin podía irse a casa, desconectarse de tanta locura. Nuevamente deslizó el dedo en la máquina que daría fe de la jornada de trabajo cumplida. Tomó el elevador y se dirigió al edificio del estacionamiento. Mientras más se acercaba, más fuerte se escuchaba el rumor de voces. Pudo ver que un grupo de personas se arremolinaba en torno al espacio del estacionamiento donde González solía dejar su auto. Se preguntó si algo pasaba con él. Se hizo espacio entre la gente y entonces pudo entender lo que pasaba. En lugar del desvencijado auto de González había un auto deportivo del año que ni con todo el sueldo de un año hubiera podido pagar. “¿Entonces era cierto lo que había dicho en el almuerzo? ¿Y porqué cuando le llamé la atención no me lo dijo? ¡El muy cretino…!” González, sentado al volante con cara de incredulidad, no atinaba a decir palabra. Había tanta gente encima de él que ni siquiera se acercó. Hablaría con él al día siguiente.

Se subió a su auto, lo encendió, se puso el cinturón de seguridad y se dispuso a perderse entre aquella multitud de asalariados que se veían obligados a enfrentar día tras día el embotellamiento de la hora de salida para llegar a casa. Así desperdiciaba horas valiosas de su vida todos los días. Se percató de que su auto necesitaba combustible. Se desvió en un callejón para abastecerlo en una gasolinera que tenía el mejor precio de los alrededores. Cuando abrió la billetera para extraer el dinero que necesitaba, la encontró vacía. ¿Cómo podía ser esto? No se lo explicaba. Estaba totalmente seguro de que luego de pagar el almuerzo había guardado muy bien el dinero en uno de los compartimientos. En ningún otro momento se la sacó del bolsillo. Nadie pudo haberle robado. Tampoco pudo haberlos perdido. Aquello era inaudito. Visiblemente desconcertado optó por utilizar la tarjeta de crédito.

Al llegar a la casa se detuvo en el buzón y recogió las cartas. Se encontró con un sobre cuya procedencia no le era familiar. Se trataba de una carta de cobro de un hospital. ¡Y él no había estado en ningún hospital! Al depositar la absurda carta sobre la mesa de la cocina, encontró varios frascos de medicamentos con su nombre. No se explicaba de dónde habían salido, pues hacía mucho que no se enfermaba, y juraba que en la mañana aquellos frascos no estaban allí. Sentía que se estaba volviendo loco.

Se quedó pensativo. De pronto empezó a atar cabos. Después de unos minutos se levantó del asiento con cara de sorpresa, como quien hace un gran descubrimiento. Entonces recordó que se había encontrado a González en la mañana. Luego de saludarse y quedar en ir juntos a almorzar, su amigo quiso indagar sobre la verdadera razón de su tardanza, pues ya imaginaba que el cuento del neumático había sido una mentira. A Martínez (para no quedar como un idiota), se le ocurrió decir que había llegado tarde porque se había pasado todo el fin de semana metido en su habitación con una preciosa e insaciable rubia que había dejado dormidita en su cama.

Entonces escuchó que desde su habitación una voz femenina pronunciaba dulcemente su nombre. Con una sonrisa de oreja a oreja se apresuró a subir de dos en dos los peldaños que daban al piso superior. Por lo visto mañana también llegaría tarde.

REMR
3/dic./2008

sábado, 8 de noviembre de 2008

CRONICA DE UN FALSO HEROE


Quiso contar la historia a su modo y se lo permití, hasta que me percaté del tono en el que lo hacía. Entonces decidí que tenía que detenerlo antes de que me adjudicara hechos falsos amparado en que al final sería mi nombre –y no el suyo- el que saldría enlodado. Y todo porque sabía que no me podía defender.

-¿Cómo puedes ser tan vil? –le espeté furioso–. ¡Confiesa tu crimen! Y ya déjame vivir a la sombra, donde me has sumido.

-¡Calla! Aquí impera mi voluntad y tú nada tienes que hacer ante eso –dijo, intentando convencerse más a sí mismo que a mí.

-¡Sí tengo! No cargaré jamás con tus culpas.

-No sé cómo podrás evitarlo, infeliz.

-Al final no seré yo quien te obligue a confesar. ¡Será ella!

-¿Ella, dices? ¡Ja! Estás loco –se burló divertido–. A ella yo la controlo. Nunca me traicionaría.

-No estés tan seguro de eso…

- Y, ¿qué piensas hacer? Ella no acudirá a tu llamado. Ni siquiera te presta atención. Eres nadie, ¿me entiendes? –se percibía rabia y miedo en su voz.

-Sólo sé que no seré yo quien pase a la historia como un miserable criminal.

El destino nos había enfrentado una tarde en que aquel reportero se había presentado a la casa en la que yo trabajaba para hacerle una entrevista a mi patrona, una vieja actriz retirada a la que todavía la gente veneraba. Durante la entrevista, la señora sufrió un infarto fulminante que en segundos la privó de la vida. Entonces, pensando que nadie lo descubriría, el reportero vio en aquel momento la oportunidad de apropiarse de alguna joya de valor que le proporcionara algún alivio económico. Y en eso lo sorprendí cuando subí a la habitación de la señora a dejar un ramo de flores. Al percatarse de mi presencia se sobresaltó, quiso huir, forcejeamos y yo terminé rodando escalera abajo, abandonando en ese mismo instante el mundo de los vivos. Fue entonces cuando sus ansias de protagonismo lo empujaron a cambiar el orden de los acontecimientos a su favor.

Desde aquel día, cuando intentaba desentenderse del asunto yéndose a dormir, yo no se lo permitía y continuaba recriminándole su proceder sin tregua mientras él daba vueltas en la cama tratando en vano de conciliar el sueño. Así llevábamos ya varias noches cuando ella acudió a mi llamado. Sus palabras, cual agujas, se iban clavando en él. Un rosario de reproches se le vino encima. Yo sabía que ella podía llegar a ser mucho más persuasiva que yo. En fin, ese era su trabajo.

Se levantó de la cama sudoroso, intranquilo, atormentado. Se sentó a la mesa y con los codos apoyados en ella, se cubrió la cara con las manos y comenzó a murmurar frases incoherentes y una que otra grosería. Lo habíamos conmovido. Una mueca de resignación se dibujó en su rostro. Ya no regresó a la cama. Lo vi garabatear en el papel hasta la madrugada. Salió temprano en la mañana. Regresó, empacó sus cosas y se marchó. No volvió a enlodar mi nombre. La falsa historia en la que yo aparecía como el ladrón y él como el héroe recién estrenado fue a parar al cesto de la basura.

Sobre la mesa quedó el borrador de la nota que había entregado esa mañana a la redacción del diario para el que trabajaba. Su título me provocó alivio: CONFESIÓN DE UN ASESINATO INVOLUNTARIO. Al final consiguió lo que siempre había deseado; ser el protagonista. Entonces supe que ella –su conciencia- había dejado de hacerle reproches y se había reconciliado con él. Y yo, que sólo había sido un humilde jardinero, no sería recordado como un despreciable ladrón que había mordido la mano de quien le había dado de comer. Mi asesino había confesado sus crímenes. Por fin mi espíritu descansaría en paz…

7/nov./08
REMR

lunes, 3 de noviembre de 2008

REPUDIADA


Querida:

Al no poder soportar más esta situación, he decidido marcharme. Presentía que tu relación con esa maldita arrastrada de tan baja calaña acabaría con nuestra paz. Ya te había avisado que no te fiaras de ella, pero no escuchaste. Al final ha terminado por envenenarte el alma.

Andas esquiva, ya ni siquiera me permites disfrutar de tu desnudez, ¡a mí, que soy tu marido! Al final has decidido nuestro destino… me has condenado a este abismo de sinsabores. ¿Y que has conseguido? Sólo tu propia ruina. Y ella… se ha quedado riendo, burlándose de nosotros, regodeándose del mal que nos ha causado.

Tristemente hay errores que se pueden cometer sólo una vez, y ya de muy poco te sirve haber aprendido de la experiencia. Siempre extrañaré el hogar que una vez compartimos y las comodidades que ahora nos están vedadas. Pero la suerte está echada. Tú sigue tu camino, que yo seguiré el mío.

Hasta nunca,

Adán

Si ésta hubiera sido su reacción, hoy la historia sería otra, pero no estaríamos aquí para contarla…

DESENCUENTRO


En una de las tantas Salas de Charla que abundan en el mundo virtual, se desarrollaba la siguiente conversación…

icaro314: hola viankasol
viankasol: hola icaro
icaro314: de donde eres?
viankasol: de santa barbara
viankasol: y tu?
icaro314: tambien
viankasol: en serio???
icaro314: si
icaro314: tu edad?
viankasol: 32 y tu? [Ella miente. Tiene 45.]
icaro314: 40 [Realmente tiene 51.]
icaro314: soltera, viuda, divorciada?
viankasol: divorciada
icaro314: yo tanbien
icaro314: acostumbras entrar a esta sala?
viankasol: no, es la primera vez
icaro314: tienes foto? cam?
viankasol: no, y tu? [Fotos tiene, pero no le da la gana de mostrarlas.]
icaro314: yo tampoco

Y así continuaron, amontonando mentiras, cada uno diciendo lo que el otro deseaba escuchar. Escudándose tras el más disoluto anonimato, inventándose un YO que sólo existía al amparo de un monitor y un atropellado tecleo. Enajenándose de la vida real, que con sus vacíos y sus carencias los había orillado a esta recién estrenada existencia virtual en la que, pasando por alto los protocolos, se aproximaban a gente sin rostro, sin pasado. Gente desechable que con un simple clic tenía en sus manos la posibilidad de escapar para siempre al menor indicio de disgusto.

Y así fueron cayendo en su propia trampa, enamorándose perdidamente de un ser idealizado, inexistente, diseñado hábilmente a la medida de sus deseos. ¿Los culpables? Sólo ellos. ¿El vehículo? La fuerza de las palabras.

Cuando las palabras comenzaron a resultar insuficientes, acordaron un encuentro. ¡Menudo desvarío! ¿Cómo sostener tanta mentira? Pero las pasiones que despiertan las palabras – que ya han sido capaces de borrar distancias, de cambiar destinos y de las más atrevidas hazañas – no conocen de cordura. Así pues, se embarcaron en la aventura de dar una mirada furtiva a la realidad.
Acordaron encontrarse en un conocido café en un lugar céntrico de la ciudad en que vivían. Como única seña para ser identificada, Vianka (que nunca dio a conocer su nombre real) quedó en vestir una blusa de color azul turquesa. Icaro, en cambio, vestiría camisa blanca.

En el día señalado, frente al espejo, Vianka se perfumaba. Cuando estuvo a punto de ponerse la blusa turquesa, la asaltaron las dudas. “¿Y si le parezco gorda o fea y me desprecia? ¿Y si es un hombre horrible? No quiero pasar vergüenzas. Iré con otra ropa, echaré una mirada y de acuerdo a lo que vea decidiré si me acerco”. Se puso un traje floreado y se fue a su cita. Entre tanto, Icaro, ya a punto de cruzar la puerta de su casa, se dijo para sus adentros… “Treinta y dos años… le pareceré un viejo. Me despreciará y haré el ridículo. Me pondré otra ropa. Echaré una mirada desde lejos. Luego decidiré si me acerco”.

El café resultó más concurrido de lo esperado a aquella hora de la mañana. Mientras hojeaba el diario, Icaro miraba con disimulo a las mujeres que aparentaban estar solas, esperando encontrarse con la blusa azul turquesa, amparado en el anonimato que le proporcionaba su camisa a rayas. De pronto hizo su entrada una bella mujer de cabellos rubios elegantemente vestida con una delicada blusa turquesa. Icaro se sintió inferior, incapaz de presentarse. Decidió conservar la poca dignidad que le quedaba y marcharse. De camino a la puerta se volvió para dirigirle una última mirada, lo que causó que tropezara de frente con una mujer que caminaba distraída. Después de las consabidas disculpas, el intercambio de frases cordiales y las sonrisas amables, Icaro reparó en la mirada atrayente de aquella mujer, y sintiéndose más relajado, la invitó a tomar un café. Se enfrascaron en un ameno coloquio.

Secretamente, Felipe decidió que ya no quería saber de amoríos por Internet. Sentada frente a él, Sandra juró olvidarse del infeliz que la había plantado mientras seguía con interés la plática de su interlocutor.

DESTIEMPO


Hoy…

Laura se encierra en su cuarto y se acomoda en un sillón. Abre con cuidado el sobre, desdobla el papel y lee. Cada palabra da cuenta de la ilusión con que la escribe su remitente. Una lágrima rueda por su mejilla. El hombre que por tantos años ha amado en secreto acaba de confesarle su amor. Alcanza la foto que tiene en la mesita a su lado. Desliza sus dedos por los contornos de aquella cara mientras las lágrimas resbalan por su rostro y van a estrellarse contra el cristal del marco. Acerca la foto a su pecho y se abandona a un llanto desconsolado.

Ayer…

El sol comenzaba a ocultarse detrás de los montes cuando, desde la ventana de la sala, Laura observó que en la casa de enfrente se estacionaba un vehículo del que se bajaron dos uniformados. Escuchó un grito. El corazón le dio un vuelco. Salió a toda prisa, cruzó la calle, y cuando traspasó la entrada, se encontró con doña Carmen desmayada en brazos de su esposo, mientras éste, con los ojos llorosos y la voz entrecortada, intentaba hacer preguntas.

Uno de los hombres, con la mirada perdida entre las fotos familiares acomodadas sobre una mesa, maldecía para sus adentros ser portavoz de malas noticias, mientras ayudaba a don Pablo a acomodar a su esposa en el sofá. El otro uniformado, colocando su mano en el hombro de aquel padre, le notificaba que su hijo sería condecorado con el Corazón Púrpura. Laura sabía que esa distinción la otorgaban tanto a los muertos, como a los heridos en batalla. Aterrada y temblando, albergó la esperanza de que Javier estuviera todavía con vida.

Anteayer…

A pesar de estar entre tanta violencia, ese día Javier se sentía especialmente feliz. Por fin se había animado a aceptar sus sentimientos. Seguramente la carta estaría por llegar. Habían crecido juntos, pero sólo estando lejos de Laura pudo darse cuenta de que ya no la veía como una simple amiga. En breve saldría a su última misión y pronto estaría de regreso en casa. No hacía otra cosa que imaginar aquel encuentro.

Al partir el convoy, desde su asiento del pasajero, miraba hacia el camino casi sin pestañear. Sabía a lo que ese exponía, pero todo sucedió tan rápido que él nunca se enteró de que el vehículo en que viajaba se precipitó sobre una bomba…