sábado, 7 de noviembre de 2009

EL GRITO


Su grito desquiciado me asusta y lo golpeo en un acto reflejo. Entonces su alarido se incrementa, llegando a decibeles que me hacen estremecer hasta los huesos. Su actitud desafiante me enerva. Intento silenciarlo y pierdo el balance. Ambos rodamos por el suelo, enfrascados en lo que aparenta ser una lucha sin cuartel. Finalmente logro alcanzarlo y de un manotazo lo hago callar... ¡Maldito despertador!

NUESTRO SECRETO


A mi padre no lo conocí. Mi madre murió cuando yo era muy chico, por lo que quedé al cuidado de mis abuelos maternos. Crecí rodeado de tíos y primos. Y a pesar de que la vida era muy dura, puedo decir que fui feliz. Mi tiempo se dividía entre obligaciones y travesuras… más travesuras que obligaciones. A mis ocho años no iba a la escuela, por lo que me sobraba tiempo para perderme por el vecindario y curiosear. Pero eso empezó a cambiar cuando uno de mis tíos solteros se enamoró de una vecina. Entonces nos ponía a Esteban, mi primo, y a mí, que éramos los sobrinos mayores, a hacer parte de sus tareas en lo que le calentaba la oreja a la jovencita. Una de esas tareas era moler el café.

Una tarde en que la mocita pasó frente a la casa, de camino al pozo a buscar agua, mi tío la divisó. Nos llamó a Esteban y a mí a viva voz. Nosotros, que jugábamos por los alrededores, observamos de lejos la movida, nos miramos y acudimos con fastidio a su llamado. Nos iba a tocar moler el café para todo el mes siguiente. Nuestro tío nos dio la directriz y de inmediato se escabulló tras ella.

No nos quedó más remedio que empezar a cumplir la tarea encomendada. Tomé el saco con los granos de café y comencé a vaciarlos en el enorme pilón – un trozo de tronco de árbol con un hueco profundo en medio – y Esteban comenzó a golpearlos con un pesado madero. Mientras esperaba el momento de reemplazar a mi primo, me entretuve jugueteando con un lagartijo que se había asomado a la ventana del granero. Intenté atraparlo pero éste se me escapó saltando por todo el lugar. Yo seguía tras mi presa, que ya se había encaramado sobre una mesa y se balanceaba amenazando con saltar al pilón. En ese momento a Esteban le sobrevino un estornudo y viró instintivamente la cara por unos segundos, tiempo suficiente para que el lagartijo se perdiera pilón abajo junto con los granos de café. Intenté advertirle a Esteban que se detuviera, pero el madero ya iba de bajada con toda la fuerza de su peso y el grito se me ahogó en la garganta.

Al entender lo que había sucedido, mi primo me miró con cara de espanto y levantó poco a poco el madero. Nos asomamos los dos a la vez y allí estaban los trocitos maltrechos del pobre animal esparcidos entre la harina de café. Sacamos todos los restos visibles, pero tanto él como yo sabíamos que con ellos no hubiéramos podido reconstruirlo completo. Guardaríamos el secreto, pues si alguien se enteraba no íbamos a poder librarnos de un castigo.

Durante todo el mes siguiente me resistí a tomar café, y como era algo enfermizo nadie me obligó. Pero Esteban no corrió con la misma suerte. Yo, sentado al otro lado de la mesa, podía ver cómo se le dibujaba una mueca de náusea con cada sorbo y luego me miraba con resentimiento. Sin embargo, cada vez que veíamos a mi tío empinarse gustoso la taza humeante, ambos reíamos secretamente…

LA MAGIA DEL AZOGUE


Acudí presta a la invitación de mi amiga Alicia. Su mensaje de voz llegó en la mañana, a través del espejo mágico de la madrastra de Blancanieves. Siempre que la visito me siento extraña cruzando el espejo, pero tengo que admitir que me encanta el País de las Maravillas.

Nos sentamos sobre unos hongos gigantes a tomar el té. Ella reía divertida observando las mil y una muecas que hacía Drácula frente al espejo, frustrado al no poder ver su reflejo.

Mientras tanto, Da Vinci, que observaba a corta distancia, garabateó algo en un papel y se lo entregó al vampiro. Éste, al no entender lo que decía, lo sujetó a la altura de su pecho y una vez más intentó ver su reflejo. Entonces pudo leer el mensaje, “TONTO”, pero seguía sin poder verse.

Indignado rompió el espejo, hiriéndose la mano con una astilla de vidrio. Instintivamente se la llevó a la boca y deslizó su lengua por el hilillo de sangre, que saboreó con gusto. No sospechaba que esa sería la última que probaría en buen tiempo…al menos hasta que pasaran los siete años de mala suerte.

Cuento publicado en la Antología Manos que cuentan, Editorial Dunken, Argentina.

viernes, 24 de julio de 2009

EL AVENTÓN


Miró en la dirección en la que, minutos antes, se dirigía el bus. No se vislumbraba ningún poblado hasta donde la vista alcanzaba. Y eso, unido a que desconocía la ruta, lo hicieron desistir de continuar a pie. Se sentó a la orilla del camino bajo el inclemente sol, que ya casi se situaba en mitad del cielo. Aquel inhóspito tramo del recorrido era el peor lugar para quedar varado; un punto cualquiera en medio de la nada. Tendría que apelar a la buena voluntad de algún lugareño.

Hacía tanto tiempo que deseaba visitar aquel país suramericano que, cuando vio la oferta en la sección de viajes del diario, no se pudo resistir. El bus iba repleto de turistas emocionados que, cámara en mano, se dedicaban a inmortalizar en sus memorias digitales cuanto paisaje hechizante se les cruzaba enfrente. Iban tan distraídos que ninguno se percató del repentino color verdoso que adquiría la piel del conductor, ni del rostro desencajado que se reflejaba en el espejo retrovisor.

Sin una mano hábil que lo controlara por aquella serpenteante vía, el bus se precipitó por uno de los tantos barrancos de la ruta, dando infinidad de vueltas en su caída.

Él no supo cómo llegó de vuelta a la carretera. Necesitaba un aventón. Esperaba impaciente a que algún conductor le hiciera el favor de llevarlo de regreso al hotel. Y a pesar de que se lanzaba sobre los escasos coches que pasaban, nadie parecía verlo…

domingo, 12 de julio de 2009

EL TESORO



¿Cómo pudo hacerme esto? Ella era el centro de mi universo. ¡Yo la quería! Terminó privándome de la libertad; ¡me entregó!

¡Cuán felices fuimos en los buenos tiempos! Claro, como ya no le sirvo, me desecha. Estoy viejo, ya no cumplo con sus caprichosos propósitos. Que si dame esto, que si haz aquello. Y yo como un tonto, siempre cumpliéndole los deseos con una sonrisa. No niego que me las cobraba muy bien cuando me tocaba: que ha sido una relación de mutua conveniencia. Pero ahora que lo pienso, de los dos, quien quiso más siempre fui yo. Con el tiempo me fue racionando las caricias… y hasta las sonrisas.

A pesar de que tengo claro que fue valiente al acercarse a mí sin tomar en cuenta mi oscuro pasado y mi pobre alcurnia, y que desafió a todos al relacionarse conmigo, ahora veo que “su amor” no era sincero. Fui un pobre iluso al creer que esto duraría “hasta que la muerte los separe”. Seguramente me cambiará por uno más joven. Y la lágrima que furtiva se me escapa en esta noche de triste evocación, no es de debilidad o dolor, no, ¡es de rabia! Fuimos por tantos años compañeros de andanzas… Aquí en mi corazón sé que la perdonaría mil veces si volviera. Pero no volverá.

En algún momento se tendrán que abrir estos barrotes. Entonces regresaré. Ella no sabe nada. ¡Ni siquiera lo sospecha! Enterrado bajo el árbol del patio, dejé un tesoro. Lo suficiente como para evitar volver por algún tiempo a mi pasado delictivo. Cuando salga libre iré por él. No pienso compartirlo con nadie. ¡Es todo mío!

¿Y este hombre de bata blanca? ¿Qué quiere conmigo? ¿Para qué se me acerca con esa aguja? ¡Me ha pinchado! ¡Oh! Tengo sueño… mucho sueño. Todo se oscurece. ¡Mis huesos! ¡Que nadie se robe mis huesos…!

miércoles, 18 de febrero de 2009

ENTRE DOS


Aquella tarde de viernes, a la salida del colegio, Diana caminaba totalmente ajena a lo que estaba por sucederle. Jorge, su mejor amigo, había dado muestras de interés en ella, y a decir verdad él tampoco le era indiferente, pero jamás se le ocurrió pensar en tener una relación seria con él.

Sin embargo, ese no fue impedimento para que se dejara seducir tontamente luego de haber compartido con él unos tragos bajo las gradas del parque, muy cerca de donde entrenaban los otros chicos. Para ella todo era nuevo; los besos, las caricias, el cuerpo masculino desnudo. En medio de todo se convencía de que si tenía que perder la virginidad, era mejor que fuera con él. Tenía la sensación de que para él también había sido la primera vez. A pesar de aquello, siguieron siendo buenos amigos. Tiempo después sus vidas tomaron otros rumbos y ya no supo más de él.

Era inevitable evocar aquellos recuerdos al encontrárselo nuevamente. Pero ya no eran unos adolescentes, ahora rondaban los treinta. Jorge le contó que hacía un par de semanas que estaba de vuelta en la ciudad y que contemplaba seriamente la posibilidad de regresarse a vivir allí. Ella también le contó de su vida y de sus penas de amor.

Estaba locamente enamorada de un compañero de trabajo. Tenía la corazonada de que él también sentía algo por ella, pero no se decidía a confesárselo. Se le ocurrió que podía provocarle celos con Jorge, y así hacerlo reaccionar de una vez. Quedaron en verse al otro día para ir a comer. Jorge pasaría por ella a la oficina. Era una buena oportunidad para que Flavio los viera juntos.

Todo se llevó a cabo tal como Diana lo había planificado. Cuando Jorge la llamó para avisarle que estaba afuera esperándola, ella le pidió que subiera. Lo esperó frente al ascensor y lo condujo a su oficina. En aquel momento Flavio había salido a buscar unos expedientes, por lo que ésta se entretuvo en otras cosas dándole tiempo a que regresara.

Cuando vio que Flavio se aproximaba por el pasillo, sin decir palabra, Diana se abalanzó sobre Jorge y le estampó un beso que aparentaba ser muy apasionado.
–Pero, ¿qué diablos es esto?- exclamó Flavio mientras se paraba en seco al encontrarse con la escena, visiblemente molesto.
Jorge se sobresaltó. Flavio dio la media vuelta y se retiró todavía molesto, mientras Diana cantaba victoria.
-¿Porqué hiciste eso?- preguntó Jorge estupefacto. Con una risita traviesa Diana murmuró, -¡Está celoso!
Al ver que Jorge intentaba ir tras Flavio, lo sujetó del brazo.
-Quédate tranquilo, ¡no pasa nada!-, insistió Diana.
Él se volvió, la sujetó fuertemente de los hombros, y mientras la zarandeaba le gritó, -¡Esto no se puede quedar así! ¡Flavio es mi pareja!-, y salió a toda prisa tras él, dejando a Diana boquiabierta.

TRAICIÓN


“Ahora ya no te importa verme en otros brazos. Ya no sientes aquellas sensaciones que te carcomían por dentro. Me atrevería a decir que hasta te da igual. ¡Maldita sea mi suerte! Hace mucho que dejé de ser novedad para ti. A veces, observándote de lejos, recuerdo nuestro primer encuentro. Lo tuyo conmigo fue amor a primera vista. Tus ojos se posaron en mí y ya no pudiste apartarlos. Se reflejaba en ellos el brillo del amor. Te provocaba una pasión intensa, desenfrenada.

Hiciste hasta lo imposible por tenerme a tu lado. Y cuando al fin lo conseguiste, me mostrabas como un trofeo. Tus amigos se morían de envidia y de celos por tu suerte, y yo me sentía feliz de provocar en ti aquel desmedido orgullo.

Tus padres empezaron a preocuparse. Comenzaste a descuidar tus estudios por pasar más tiempo conmigo. Vieron nuestra relación como una amenaza a tu futuro. Intentaron separarnos, pero tú no lo permitiste. Retomaste tus estudios con mayor ahínco. No estabas dispuesto a perderme. Conservo gratos recuerdos de aquellos días…

Sin embargo, creo recordar lo que marcó el principio del fin en nuestra relación. Aquel día de verano habíamos salido a divertirnos sin siquiera imaginar lo que el destino nos tenía deparado. El campo estaba precioso. El canto de las aves se escuchaba por doquier y el sol nos bañaba con sus tibios rayos. Te empeñaste en observar el paisaje desde aquella montaña. Tu mano me sujetaba fuerte mientras ascendíamos a la cima, pero un resbalón hizo que accidentalmente me soltaras y yo rodé pendiente abajo sin detenerme hasta el final. ¡Oh, desgracia! De milagro me salvé, pero tantos golpes en la caída me dejaron marcas que se quedaron para siempre, destruyendo aquella perfección que tanto amabas en mí.

Desde entonces comenzaste a mirarme con otros ojos, a buscarme con menos frecuencia. Empezaste a alternar más con tus amigos o te excusabas diciendo que no tenías tiempo, que tenías otras obligaciones, nuevas responsabilidades. Ya no te divertías conmigo. Dejé de ser una prioridad para ti. Paulatinamente me fuiste relegando de tu vida. Y hoy que siento este abandono tuyo como una pesada carga, aquí te espero fiel, porque sé que volverás. Me lo debes…”.

El sonido de llaves en la puerta interrumpió su amarga reflexión. Él había llegado. Colocó el portafolios y una bolsa de compras sobre un mueble y siguió hacia la barra mientras se quitaba la chaqueta. Se sirvió un trago y le dirigió una rápida mirada. Se le acercó y tocó sus formas como no lo había hecho en mucho tiempo. En la mirada perdida de Ignacio se podía adivinar que rememoraba momentos arrebatadoramente gratos. Por un minuto pareció que revivía el amor. De pronto le soltó y fue por la caja.

Los ojos de Ignacio brillaban como el día en que le miró por primera vez a través del escaparte de aquella tienda. De la caja emergió un costoso y reluciente auto a escala de un Bugatti EB 16.4 Veyron. Entonces tomó al viejo y magullado modelo Ford Mustang del 67, su eterno compañero de juegos de la infancia, y lo sustituyó por aquel otro –de estilizadas líneas e intacta belleza- en el estante de la sala de su nuevo y lujoso apartamento.