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sábado, 7 de noviembre de 2009

LA MAGIA DEL AZOGUE


Acudí presta a la invitación de mi amiga Alicia. Su mensaje de voz llegó en la mañana, a través del espejo mágico de la madrastra de Blancanieves. Siempre que la visito me siento extraña cruzando el espejo, pero tengo que admitir que me encanta el País de las Maravillas.

Nos sentamos sobre unos hongos gigantes a tomar el té. Ella reía divertida observando las mil y una muecas que hacía Drácula frente al espejo, frustrado al no poder ver su reflejo.

Mientras tanto, Da Vinci, que observaba a corta distancia, garabateó algo en un papel y se lo entregó al vampiro. Éste, al no entender lo que decía, lo sujetó a la altura de su pecho y una vez más intentó ver su reflejo. Entonces pudo leer el mensaje, “TONTO”, pero seguía sin poder verse.

Indignado rompió el espejo, hiriéndose la mano con una astilla de vidrio. Instintivamente se la llevó a la boca y deslizó su lengua por el hilillo de sangre, que saboreó con gusto. No sospechaba que esa sería la última que probaría en buen tiempo…al menos hasta que pasaran los siete años de mala suerte.

Cuento publicado en la Antología Manos que cuentan, Editorial Dunken, Argentina.

viernes, 24 de julio de 2009

EL AVENTÓN


Miró en la dirección en la que, minutos antes, se dirigía el bus. No se vislumbraba ningún poblado hasta donde la vista alcanzaba. Y eso, unido a que desconocía la ruta, lo hicieron desistir de continuar a pie. Se sentó a la orilla del camino bajo el inclemente sol, que ya casi se situaba en mitad del cielo. Aquel inhóspito tramo del recorrido era el peor lugar para quedar varado; un punto cualquiera en medio de la nada. Tendría que apelar a la buena voluntad de algún lugareño.

Hacía tanto tiempo que deseaba visitar aquel país suramericano que, cuando vio la oferta en la sección de viajes del diario, no se pudo resistir. El bus iba repleto de turistas emocionados que, cámara en mano, se dedicaban a inmortalizar en sus memorias digitales cuanto paisaje hechizante se les cruzaba enfrente. Iban tan distraídos que ninguno se percató del repentino color verdoso que adquiría la piel del conductor, ni del rostro desencajado que se reflejaba en el espejo retrovisor.

Sin una mano hábil que lo controlara por aquella serpenteante vía, el bus se precipitó por uno de los tantos barrancos de la ruta, dando infinidad de vueltas en su caída.

Él no supo cómo llegó de vuelta a la carretera. Necesitaba un aventón. Esperaba impaciente a que algún conductor le hiciera el favor de llevarlo de regreso al hotel. Y a pesar de que se lanzaba sobre los escasos coches que pasaban, nadie parecía verlo…